Hay algo que cuesta admitir porque suena casi contradictorio: tanta urgencia aburre.
No hablo del cansancio, que es evidente, ni de la presión, que es real. Hablo de una forma de aburrimiento más profunda, que aparece cuando el trabajo técnico lo ocupa todo, cuando los plazos marcan el ritmo y cuando la agenda no deja espacio para respirar ni para pensar con perspectiva.
Enero es el ejemplo perfecto, pero no el único. Declaraciones, cierres, revisiones, correcciones, comprobaciones. Todo tiene fecha, todo es importante, todo parece inaplazable. Y, sin embargo, en medio de esa intensidad constante, lo que hago no siempre es intelectualmente estimulante. Es repetitivo, meticuloso, necesario —pero repetitivo. La misma lógica, los mismos cruces, las mismas comprobaciones.
Y lo más inquietante es que nunca está todo en orden. Cuando terminas una cosa, empieza otra. Cuando cierras un trimestre, se abre el siguiente. Cuando solucionas una incidencia, aparece otra distinta. No hay sensación de cierre completo. Solo de transición continua entre urgencias.
Ahí es donde aparece el aburrimiento del que casi no se habla. No es falta de trabajo; es exceso de trabajo que no deja espacio para nada más. No hay tiempo para pensar en el modelo, ni para diseñar mejor, ni para tomar café con un cliente sin que haya algo técnico de por medio. Todo es operativo, todo es ejecución.
Y cuando la mayor parte del día se va en cumplir con lo técnico, el despacho se convierte en una cadena de tareas necesarias pero poco estimulantes. No porque no tengan importancia, sino porque no permiten desplegar criterio en el sentido amplio: el estratégico, el creativo. Te vuelves eficiente, pero no necesariamente ilusionada.
Lo paradójico es que desde fuera parece que estamos en el momento más dinámico. Mucho trabajo, mucho movimiento, mucha actividad. Y, sin embargo, por dentro puede sentirse plano. Como si la intensidad constante anestesiara cualquier posibilidad de entusiasmo real.
Quizá el problema no sea que haya demasiado trabajo, sino que casi todo ese trabajo esté en el mismo plano: el de la urgencia técnica. Cuando todo es urgente, se pierde la posibilidad de elegir, de priorizar desde un lugar distinto, de construir algo más allá de lo que toca hoy.
No sé si esto es inevitable en una asesoría o si es el resultado de cómo hemos diseñado el modelo. Lo que sí sé es que vivir permanentemente en la urgencia no solo cansa. También aburre. Y ese aburrimiento es peligroso, porque se instala sin hacer ruido y termina erosionando el sentido del trabajo sin que nadie lo nombre.
Creadora del Método CLARO, un programa de transformación para asesorías pequeñas que quieren salir del bucle y volver a disfrutar de su trabajo. Tras rediseñar su propia asesoría desde dentro, ahora acompaña a otros despachos a encontrar un modelo más sostenible, humano y rentable. Cree profundamente que otra forma de ejercer es posible… y desde este diario lo demuestra, artículo a artículo.