Hay algo de lo que se habla poco en los despachos, quizá porque no encaja bien ni en el discurso profesional ni en el relato de eficacia que intentamos sostener. Es lo que ocurre dentro cuando hay un error. No el error en sí —que se analiza, se corrige y se repara—, sino lo que pasa en el cuerpo y en la cabeza en el instante en que te das cuenta de que algo no ha salido como debía.
Porque el error no llega solo como un dato técnico. Llega como un golpe seco en mitad del día, como una interrupción que lo atraviesa todo. Aparece una alerta, un mensaje, una llamada, y antes incluso de entender exactamente qué ha pasado, ya se ha activado algo dentro: la tensión, el nudo en el estómago, la anticipación del reproche, la revisión mental de cada paso dado, la pregunta automática de cómo no lo vimos antes.
Da igual cuántos años lleves trabajando, cuántos sistemas tengas montados o cuántas veces hayas gestionado situaciones parecidas. El error siempre toca una fibra sensible, porque no cuestiona solo un proceso, sino una identidad. La de quien se esfuerza por hacerlo bien, por anticiparse, por proteger a sus clientes de problemas que no deberían llegar a su mesa. Y cuando llegan, aunque sepas que forman parte del trabajo, hay una parte que lo vive como un fallo personal.
En esos momentos, la cabeza se acelera. No estás todavía resolviendo: estás sosteniendo el impacto. Piensas en el cliente, en el equipo, en la responsabilidad, en las consecuencias prácticas y en las emocionales. Piensas en cómo explicarlo, en cómo repararlo, en si habrá enfado, desconfianza o reproche. Todo eso ocurre antes incluso de empezar a actuar.
Y, sin embargo, de esto casi no se habla. Se habla de protocolos, de control, de prevención, de doble revisión, pero poco de la carga emocional que acompaña a cada error, especialmente en un trabajo donde el margen para equivocarse parece cada vez más estrecho. Como si reconocer ese impacto interno fuera incompatible con la profesionalidad.
Lo curioso es que esa carga no desaparece cuando el error se gestiona bien. Puede que el cliente entienda, que no haya conflicto, que todo se solucione con rapidez, pero el cuerpo tarda más en soltar. Queda una huella, una vigilancia extra, una sensación de fragilidad que te acompaña durante el resto del día, a veces durante varios días más.
Quizá por eso es tan distinto cuando el cliente no convierte el error en un juicio, cuando no lo utiliza para marcar distancia o superioridad. No porque el error duela menos, sino porque no se suma una capa más de tensión innecesaria. Y eso permite volver antes al centro, a la calma necesaria para seguir trabajando.
Me pregunto cuántas decisiones del despacho, cuántas revisiones obsesivas, cuántas horas de sobrecontrol nacen de aquí: de la dificultad para convivir con el error sin que nos descoloque del todo. Y me pregunto también qué pasaría si habláramos más de esto, no para normalizar la negligencia, sino para reconocer que el error forma parte del oficio, y que la forma en que se vive por dentro también merece ser mirada.
No tengo una respuesta cerrada. Solo la certeza de que detrás de cada error hay alguien sosteniendo mucho más de lo que se ve desde fuera. Y que poner palabras a ese momento quizá sea una forma de cuidar también a quienes están al otro lado del trabajo bien hecho.
Creadora del Método CLARO, un programa de transformación para asesorías pequeñas que quieren salir del bucle y volver a disfrutar de su trabajo. Tras rediseñar su propia asesoría desde dentro, ahora acompaña a otros despachos a encontrar un modelo más sostenible, humano y rentable. Cree profundamente que otra forma de ejercer es posible… y desde este diario lo demuestra, artículo a artículo.