Durante años pensé que el descanso era una parte esencial del negocio. Por eso, cada 1 de enero me sentaba a planificar las vacaciones del año completo. Y durante el curso, me aseguraba de reservar pequeños parones, espacios para desconectar, momentos en los que pudiera recuperar energía.
El descanso nunca fue el problema. Lo que no veía es que descansar no siempre significa parar de verdad. Lo urgente me seguía respirando en la nuca, incluso cuando estaba “fuera”.
Podía no trabajar durante unos días, pero eso no significaba que estuviera conectando con lo que mi negocio realmente necesitaba. En lugar de crear espacio para pensar, muchas veces llenaba esos parones con tareas personales, compromisos, listas de pendientes que nada tenían que ver con la estrategia.
El descanso, entonces, se convertía en una agenda paralela: diferente, sí, pero igualmente exigente. Y mientras tanto, el negocio seguía en marcha, pero sin un rumbo claro.
Funcionaba, pero no evolucionaba.
Siempre he cuidado mi creatividad. Sé que los momentos de pausa son fértiles: es cuando brotan las ideas, cuando surgen proyectos nuevos, cuando puedo imaginar con libertad. Pero también aprendí que la creatividad sin estructura se disuelve.
Puedo escribir, pensar, soñar… pero si esas ideas no se convierten en decisiones, si no se colocan en el centro del negocio, se quedan en el aire. Y a veces eso frustra más que la falta de ideas.
El clic llegó cuando puse números encima de la mesa. Solo entonces entendí lo que me estaba costando no parar de verdad. Porque no se trata solo de descansar o de crear: se trata de ver con claridad.
Y cuando no dedicas tiempo a pensar con enfoque estratégico, eso se nota. En la energía, sí. Pero también en la cuenta de resultados.
Me hice una pregunta incómoda: ¿cuánto he perdido este año por no parar a pensar? Y la respuesta dolió. Entendí, de golpe, que la estrategia no es un lujo. Es lo que sostiene —o desmorona— la rentabilidad.
No siempre es falta de visión. Muchas veces sí sabes lo que hay que hacer, pero no puedes. Porque la vida te reclama en otros lugares.
A mí me pasó este año pasado, cuando el cuidado de mi madre absorbió gran parte de mi atención. Todo lo demás pasó a segundo plano.
La rentabilidad se desplomó, no porque no supiera qué hacer, sino porque no tenía la capacidad real de hacerlo. Tampoco me cuidé a mí. La ansiedad volvió. El estrés se quedó. Y, como era de esperar, eso también se reflejó en los resultados.
Hoy sé que el valor de parar no está solo en descansar o en recuperar energía. El valor de parar está en darte la oportunidad de mirar con calma, de conectar contigo, de entender dónde estás.
Porque si no te detienes, no puedes corregir el rumbo. Y si no miras, es fácil seguir corriendo en la dirección equivocada. La claridad se difumina. La rentabilidad se resiente. Y el negocio, sin darte cuenta, empieza a tambalearse.
Por eso, parar no es una pausa. Es una herramienta estratégica.
Creadora del Método CLARO, un programa de transformación para asesorías pequeñas que quieren salir del bucle y volver a disfrutar de su trabajo. Tras rediseñar su propia asesoría desde dentro, ahora acompaña a otros despachos a encontrar un modelo más sostenible, humano y rentable. Cree profundamente que otra forma de ejercer es posible… y desde este diario lo demuestra, artículo a artículo.