Capitulo 27 — Soltar el control

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Hay cosas para las que el trabajo no te prepara. Este año me he enfrentado a una de ellas.

Desde que mi madre está enferma, trabajo desde casa. Mi equipo sigue en el despacho —algunos en remoto, otros no—, y el centro de gravedad ya no está donde estaba. Yo ya no estoy físicamente allí.

Eso ha supuesto algo más que un cambio logístico. Ha sido un choque frontal con algo que me cuesta mucho: no saber qué está ocurriendo en cada momento. No tener la escena completa. No poder pasar, mirar, escuchar una conversación al vuelo, intuir un problema antes de que se formule.

La presencia como forma de control

Durante mucho tiempo he vivido con una idea que quizá nunca llegué a nombrar del todo: que estar presente era una forma de control legítima, casi necesaria. No un control autoritario. Ese otro: el estar encima que te permite anticipar, corregir, sostener.

Y de repente eso desaparece. No porque el trabajo no siga, sino porque tú ya no estás ahí para verlo.

He tenido que aprender a soltar de una manera que no es teórica ni voluntaria. No es el «debería confiar más» de los libros de gestión. Es una renuncia forzada a saberlo todo, a estar en todas partes, a tener una visión completa y permanente de lo que ocurre. El despacho sigue funcionando. Las decisiones se siguen tomando. Y yo tengo que aceptar que muchas de ellas ocurren sin mí.

Y eso, lejos de ser liberador, me resulta profundamente incómodo.

No porque no confíe en mi equipo. Sino porque ese no saber activa un vacío difícil de gestionar. La sensación de que algo puede estar pasando y yo no lo veo. De que un problema puede estar gestándose y yo no lo detecto a tiempo.

Soltar desde la necesidad, no desde la elección

Soltar el control no es solo un ajuste profesional. Es un ejercicio de confianza mucho más amplio. Confiar en que el trabajo se sostiene aunque no lo estés mirando. Confiar en que las personas responden aunque no estés encima. Confiar en que no todo depende de ti, aunque durante años lo haya parecido.

Y me cuesta. Mucho.

Porque este soltar no llega en un momento de calma. Llega en medio de una situación personal que ya te deja con poco margen emocional. No estás soltando desde la abundancia ni desde la elección. Estás soltando desde la necesidad. Y eso hace que cada renuncia al control se viva con más fragilidad, con más miedo a que algo se rompa.

A veces me pregunto cuánto del modelo que hemos construido depende, en realidad, de una presencia constante que ahora no puedo sostener. Y qué parte de mi dificultad no tiene que ver con el despacho, sino con aceptar que hay cosas —en el trabajo y fuera de él— que no puedo controlar por más que quiera.

No tengo claro todavía dónde acaba el control profesional y dónde empieza el intento de sostener la vida como si pudiera ordenarse igual que un despacho. Solo sé que este año me está obligando a confiar en un sentido más profundo: no solo en las personas concretas, sino en que el sistema, el trabajo y la vida pueden seguir sin que yo esté permanentemente vigilando.

Y eso, aunque sé que es necesario, no me resulta fácil.

Preguntas para ti

  • ¿Qué parte de tu modelo de trabajo depende de tu presencia constante… y no lo habías visto hasta ahora?
  • ¿Estás soltando desde la elección o desde la obligación? ¿Cambia eso cómo lo vives?
  • ¿Dónde acaba el control responsable y dónde empieza el miedo a que todo se rompa sin ti?
  • ¿Qué necesitarías para confiar en que el trabajo se sostiene aunque no estés mirando?
Imagen de Raquel Blanco

Raquel Blanco

Creadora del Método CLARO, un programa de transformación para asesorías pequeñas que quieren salir del bucle y volver a disfrutar de su trabajo. Tras rediseñar su propia asesoría desde dentro, ahora acompaña a otros despachos a encontrar un modelo más sostenible, humano y rentable. Cree profundamente que otra forma de ejercer es posible… y desde este diario lo demuestra, artículo a artículo.

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